Nightfall

En los siglos XV y XVI, los pintores holandeses y flamencos crearon un género de pintura simbólica e hiperrealista llamada Vanitas. Inspirado por el pasaje inicial del Libro del Eclesiastés de la Biblia — «¡Vanidad de vanidades, dice el predicador, vanidad de vanidades! Todo es vanidad» — estas pinturas retratan bodegones, objetos lujosos, cráneos y flores para llamar la atención sobre la brevedad y la fragilidad de la vida y sobre la vanidad (en el sentido de inutilidad) de los placeres y las ambiciones terrenales. La presencia ambivalente de estas pinturas — su enfoque moral se ve ensombrecido por composiciones hábilmente pintadas, como si los artistas pudieran superar la muerte dando permanencia a lo efímero — invoca el papel primordial de la pintura como herramienta de registro de un tiempo determinado y como un bien de lujo que persiste durante siglos. La atmósfera pulida y seductora de estas imágenes evoca la finitud de nuestros propios cuerpos, mientras que al mismo tiempo ofrece promesas resplandecientes de una vida lujuriosa.

Según Marlene Dumas: «La pintura no detiene el tiempo. Circula y recicla el tiempo como una ruleta que gira. Los que han llegado primero bien podrían ser los últimos. La pintura es un arte muy lento. No viaja a la velocidad de la luz. Es por eso que los pintores muertos siguen brillando con tanta intensidad». ¿Por qué insistimos en pintar en un mundo tan acelerado e inundado de imágenes instantáneas y digitales que expresan sin saberlo la inexorable finitud de nuestro tiempo, al tiempo que anuncian la posibilidad de la fuga y la inmortalidad (esto se experimenta en una simple hojeada de páginas: de la portada a la sección de ciencia de cualquier periódico, en el que los síntomas del calentamiento global y las infinitas crisis económicas y políticas se encuentran con las aventuras recientemente lanzadas de la colonización planetaria y de las nuevas técnicas antienvejecimiento y de las drogas que prolongan la vida)? «El trabajo del artista es siempre profundizar el misterio», dijo una vez el pintor británico Francis Bacon. En cierto modo, aquí nos encontramos con una posible respuesta: insistimos en la pintura porque encierra misterio. Estos misteriosos objetos que supuestamente trascienden nuestra existencia siempre han funcionado como «garantes» de la humanidad. Las pinturas también son capaces de alejarse de las convenciones y reforzar los paradigmas culturales, y a pesar de su muerte tantas veces anunciada, el género ha experimentado un claro ascenso en la última década y sigue siendo un punto de referencia incuestionable para los historiadores y críticos de arte.

En la actualidad, la elección del soporte es una cuestión crucial. En esta exposición pretendemos investigar las razones por las que la fascinación por la pintura, su estatus social (y valor de mercado) y su poder misterioso han cambiado tan poco desde el siglo XVII, reuniendo una selección de obras de variados artistas de orígines y épocas diferentes, pero que han preservado la práctica de la pintura. Nuestro punto de partida ha sido el imaginario de la Vanitas y la Danza Macabra medieval, donde se reconoce la frivolidad y la mortalidad para resaltar los aspectos fascinantes y oscuros de tan infame categoría. Al hacer énfasis en la percepción de este género en perjuicio de su iconografía, esta exposición pretende ofrecer una experiencia oscura para los visitantes que trazan su camino a través del ambiente embriagador y metafísico del anochecer (Nightfall). La exposición muestra el resultado de la búsqueda de formas de expresión singulares, fascinantes, heréticas, crípticas, poco ortodoxas, ulteriores —o casi imposibles.

Comunicado de prensa traducido por Lupita

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