Pablo Bronstein, Carrusel

Pablo Bronstein. Carousel. Vista de instalación en OGR Turín. Foto: Andrea Rossetti. Cortesía de OGR Torino

Nacido en Buenos Aires en 1977 y criado en Londres, Bronstein siempre ha tenido un gran interés por la historia de la arquitectura, que ha explorado a través de variados medios: el dibujo, la coreografía, el vídeo y hasta la interpretación. Concebida específicamente para OGR, la exposición reúne todos estos elementos, artísticamente reunidos para crear un nuevo diálogo con la estructura de los antiguos talleres localizados en el Corso Castelfidardo en Turín.

El punto de partida de Carrusel es el funcionamiento del zootropo, un dispositivo óptico inventado por William George Horner en 1834, cuyo nombre deriva de la unión de las palabras zoe, que significa «vida», y tropos, literalmente «giro», o «rueda de la vida». El zootropo está compuesto por una serie de imágenes reproducidas en una tira de papel colocada dentro de un cilindro que, al ponerlas en movimiento, las anima en una ilusión retiniana de un movimiento que se repite en bucle, como el de un carrusel. Este dispositivo es utilizado por Bronstein como metáfora para describir la relación entre el espacio físico -ya sea el de la arquitectura o el de los cuerpos- y el narcisismo endémico del mundo post-iPhone, como una especie de preámbulo a la sociedad del yo.

En lugar de señalar con el dedo la exasperación común de la seducción y la ilusión digital, Bronstein prefiere construir una narrativa basada en modelos anacrónicos y de baja fidelidad, inspirados en el mundo de los cuentos de hadas victorianos.

Así nació la historia de la Bruja Gris, una figura enigmática e inescrutable que representa la personificación de la placa de metal que se esconde detrás del cristal de cada espejo. Invisible a la vista debido a su propiedad reflectante, se revela como una fina capa de material sólo cuando el vidrio se corta en secciones. Una especie de criatura que lo ve todo pero que sigue siendo escurridiza e invisible.

Incluso en OGR, la Bruja Gris sólo aparece de vez en cuando: se esconde dentro de una torre de vigilancia, una estructura híbrida -que recuerda a un zootropo pero también a un templo renacentista- recubierta de paneles de espejos y colocada al final de un laberinto que se extiende en el espacio de la galería a lo largo de 50 metros de longitud.

Antes de llegar a la torre, el visitante se encuentra con una serie de escenas en las que bailarines profesionales, siguiendo una coreografía concebida por el propio Bronstein en colaboración con la coreógrafa Rosalie Wahlfrid, ilustran la evolución de la danza a partir del análisis de los espacios escénicos y de la relación con el espectador: desde las danzas tribales participativas hasta los rituales de la corte, desde el folclore hasta el ballet clásico, todo ello en una progresión que hace cada vez más sofisticada la coreografía.

Estas configuraciones performativas, con la intrusión de unas pantallas digitales que recuerdan efímeras apariciones de la Bruja Gris en bucles, ponen en escena las dinámicas y fascinaciones del voyeurismo, de mirar y ser observado, a través de una repetición en serie de movimientos rotos que recuerdan muy de cerca el lenguaje postdigital de los GIFs (una especie de versión tecnológicamente avanzada de las secuencias de movimientos del zootropo) y, al mismo tiempo, los tics sintomáticos del bajo umbral de atención característico de la era contemporánea.