Daniel Mebarek : proceso e interacción en el proyecto «Foto Gratis»

Daniel Mebarek es un fotógrafo boliviano-argelino, radicado en Paris. En esta entrevista, Mebarek comparte con Lupita su proceso fotográfico alrededor de la creación, realización y recepción del proyecto Foto Gratis, realizado en la ciudad de El Alto, en Bolivia, y expuesto en la exposición del premio de la fundación Louis Roederer en el festival de fotografía de Arles en 2025.
Canela Laude Arce:
Hola Daniel! Para empezar, podrías presentarte y presentar tu trabajo?
Daniel Mebarek:
Me llamo Daniel Mebarek, soy un artista boliviano y argelino, y vivo en Francia desde hace más de una década. Crecí en la ciudad de La Paz y tengo una formación en ciencias sociales, en antropología e historia, que ha influido mucho en mi trabajo artístico y en la manera en que reflexiono mis proyectos.
Trabajo principalmente con la imagen, tanto imagen fija como imagen en movimiento.
CLA: ¿Cuál fue el punto de partida del proyecto Fotos Gratis? ¿Cómo empezó para ti?
DM: El punto de partida fue mi fascinación por un espacio muy particular: la Feria 16 de Julio, en la ciudad de El Alto, a más de cuatro mil metros de altura. El Alto es una ciudad donde la mayor parte de la población se identifica como aymara. El Alto entra en un contraste muy fuerte con La Paz, que es una ciudad de herencia colonial.
La Feria 16 de Julio es un mercado popular que se instala todos los jueves y domingos. Es un organismo vivo, caótico, donde se venden todo tipo de objetos: animales, partes de autos, ropa, cachivaches. Yo llevaba mucho tiempo yendo a ese espacio, paseando, observando, tratando de entenderlo.
El proyecto nace de una pregunta muy concreta: ¿cómo me posiciono yo, como fotógrafo, frente a este lugar? Yo soy de La Paz, pero no soy de El Alto. ¿Cómo documentar ese espacio? ¿Desde qué lugar hacerlo?
En diálogo con amigues de un colectivo de artistas y activistas llamado El Alto Aesthetics, surgió la idea de repensar las dinámicas del acto fotográfico. Decidimos instalar un pequeño estudio fotográfico, un puestito, en medio del mercado, y esperar a que la gente se acercara voluntariamente a sentarse y ser fotografiada.
Para mí era importante no plantear este gesto como más o menos ético que otros modos de fotografiar, sino mostrar el proceso. Abrir una discusión sobre lo que significa fotografiar al otro, pero también mirarlo. ¿Cómo miramos al otro? ¿Desde qué distancia? ¿Desde qué posición?
El proyecto es más una invitación a pensar esas dinámicas que una respuesta cerrada sobre ética fotográfica.
CLA: ¿Y cómo fue la recepción del proyecto en el espacio público, tanto de las personas que participaban como de quienes observaban?
DM: Una parte muy importante fue pensar cómo entrar en la lógica de ese espacio. Usamos un letrero que decía “FOTOS GRATIS”, hecho con letras fluorescentes recortadas y pegadas con cinta, una estética muy común en El Alto y La Paz: se ve en el transporte público, en restaurantes, en puestos ambulantes.
También usaba un megáfono con mi voz en bucle diciendo: “Fotografías gratis, solo por hoy”. Era importante adaptarse al caos visual y sonoro del mercado.
Pero lo más importante fue la impresora portátil. No cualquier impresora, sino una que la gente reconoce inmediatamente, porque es la que usan los fotógrafos profesionales en bodas, fiestas populares o graduaciones. Eso hacía que entendieran que yo era fotógrafo. Lo que sorprendía era la gratuidad.
Al principio había mucha desconfianza: pensaban que era mentira. Pero cuando veían que otras personas se iban con sus fotos impresas, se producía un efecto dominó. Empezaba a llegar más gente y se armaba una especie de espectáculo.
Lo más lindo fue el juego de miradas que se creaba: yo mirando al sujeto, los espectadores mirando al sujeto, el sujeto mirando su propia imagen al imprimirse. Todo ese entramado de miradas es central en el proyecto, y se ve especialmente en la pieza de video que acompaña la obra, titulada Mirar. Para mí, todo se reduce a ese gesto fundamental.

CLA: En la serie hay un fondo ilustrado que se vuelve una constante. ¿Por qué elegiste trabajar con esa tela de fondo?
DM: El proyecto rinde homenaje a la fotografía ambulante, a esos fotógrafos que trabajaban en plazas, ferias o mercados tomando fotos de identidad. En distintos lugares de Latinoamérica se los conocía como minuteros o fotógrafos ambulantes.
Históricamente, esos fotógrafos usaban fondos pintados a mano, fondos que nos llevaban a otros lugares, muchas veces idealizados. Yo buscaba una imagen que fuera reconocible para todos y que generara orgullo en quienes se sentaban frente a la cámara.
Elegí la montaña Illimani, que es la más icónica de La Paz. Está presente en nombres de taxis, restaurantes, publicidades, ropa. Le pedí a una amiga, la artista Kate Araoz, que la pintara a mano, de manera simple, para conservar ese lado artesanal.
Además, la montaña está siempre ahí. Hay un poema de Jaime Sáenz que dice: “La montaña no es algo que se mira, la montaña es una presencia”. Eso me interesa mucho. En las cosmovisiones locales, la montaña es el Apu, los abuelos, está ligada a la Pachamama. Tiene un peso simbólico enorme.
CLA: Hablaste mucho de la importancia del proceso. ¿Cómo influyó eso en la forma final del proyecto y de la exposición?
DM: Cuando expuse el proyecto por primera vez en Arles, quise mostrar el proceso fotográfico. La exposición tenía tres partes: una serie de 19 retratos de formato modesto, una videoinstalación de doble proyección que mostraba el backstage, y una tercera sección con vitrinas donde se veían las hojas de contacto.
Eso permitía mostrar el orden en que las personas se sentaron, cuántas fotos tomaba por persona, el flujo de cuerpos que pasaban por el puesto. No quería enfatizar la imagen final como algo autónomo o estetizante.
El proyecto no se sostiene en una imagen única, sino en todos los materiales que revelan el proceso. Para mí, ahí reside su fuerza.

CLA: ¿Cómo fue la experiencia de hacer circular el proyecto en Arles, frente a un nuevo público?
DM: Mostrar un trabajo por primera vez siempre te obliga a aprender desde la mirada del público. Lo que se presentó en Arles fue solo una primera iteración, que me gustaría expandir en el futuro.
Para mí es fundamental que este proyecto pueda mostrarse en Bolivia, y específicamente en El Alto, para devolver esas imágenes a su lugar de origen. Es un tema delicado: producir imágenes en el sur y hacerlas circular en el norte implica una reflexión profunda.
También me interesa pensar en la vida que cobran las imágenes. Uno puede explicar que una foto será expuesta o publicada, pero no sabe realmente qué destino tendrá. En este proyecto también me preguntaba qué pasaba con las fotos impresas que la gente se llevaba: si terminaban olvidadas en un cajón, en un altar, entre las páginas de un libro.
Hace poco, en un viaje a Bolivia, me encontré de casualidad con un participante del proyecto en el mismo lugar donde había instalado el puesto. Me contó que la foto la había guardado su hijo. Ese tipo de encuentros le dan otra dimensión al trabajo.
CLA: ¿Definirías este proyecto como colaborativo?
DM: Es un término complejo. Hay muchas discusiones alrededor de la colaboración y la participación en fotografía. Trato de usar esas palabras con cuidado.
Mi intención no es decir que mi proceso sea más colaborativo o más ético que otros, sino abrir un espacio de reflexión sobre las dinámicas de poder en el retrato fotográfico, especialmente en contextos de fractura socioeconómica y racial.
Me interesa pensar la fotografía como un encuentro. Como dice Ariella Azoulay, toda fotografía es, por definición, colaborativa: no existe solo por el clic del fotógrafo, sino por la presencia de múltiples actores en ese momento.
CLA: La exposición del Premio Descubrimientos Louis Roederer en Arles reunió a varios fotógrafos latinoamericanos, bajo la curadoría de César González-Aguirre. ¿Cómo fue esa experiencia de exponer en colectivo?
DM: Sentí que todos los artistas abordábamos nuestros proyectos desde una posición muy encarnada, muy sincera. Creo que eso era lo que nos unía: una honestidad en la manera de situarnos frente a nuestros temas.
Fue un honor formar parte de una edición con tantos artistas de la misma región. Y fue muy importante también cuestionar la representación de cuerpos indígenas dentro de la exposición.
Eso generaba diálogos interesantes, porque una cosa es la identidad latinoamericana en general y otra es la representación de cuerpos indígenas, atravesada además por cuestiones de género. Creo que esos cruces enriquecían mucho el conjunto.

Daniel Mebarek : processus et présence dans le projet «Foto Gratis«
Par: Canela Laude Arce
Daniel Mebarek est un photographe boliviano-algérien, basé à Paris. Dans cet entretien, Mebarek partage avec Lupita son processus photographique autour de la création, de la réalisation et de la réception du projet Foto Gratis, mené dans la ville d’El Alto, en Bolivie, et exposé lors de l’exposition du prix de la fondation Louis Roederer au festival de photographie d’Arles en 2025.
Canela Laude Arce : Bonjour Daniel ! Pour commencer, pourrais-tu te présenter et présenter ton travail ?
Daniel Mebarek : Je m’appelle Daniel Mebarek, je suis un artiste bolivien et algérien, et je vis en France depuis plus d’une décennie. J’ai grandi dans la ville de La Paz et j’ai une formation en sciences sociales, en anthropologie et en histoire, qui a beaucoup influencé mon travail artistique et la manière dont je réfléchis mes projets. Je travaille principalement avec l’image, aussi bien l’image fixe que l’image en mouvement.
CLA : Quel a été le point de départ du projet Fotos Gratis ? Comment cela a-t-il commencé pour toi ?
DM : Le point de départ a été ma fascination pour un espace très particulier : la foire du 16 Juillet, dans la ville d’El Alto en Bolivie, à plus de quatre mille mètres d’altitude. El Alto est une ville dont la majeure partie de la population se revendique aymara, et qui existe en marge de La Paz, une ville d’héritage colonial. La foire contraste très fortement avec La Paz.
La foire du 16 Juillet est un marché populaire qui s’installe tous les jeudis et dimanches. C’est un organisme vivant, chaotique, où l’on vend toutes sortes d’objets : des animaux, des pièces de voitures, des vêtements, des bric-à-brac. Cela faisait longtemps que je fréquentais cet espace, à me promener, observer, essayer de le comprendre.
Le projet naît d’une question très concrète : comment me positionner, en tant que photographe, face à ce lieu ? Je suis de La Paz, mais je ne suis pas d’El Alto. Comment documenter cet espace ? À partir de quelle position ?
En dialogue avec des ami·es d’un collectif d’artistes et d’activistes appelé El Alto Aesthetics, est venue l’idée de repenser les dynamiques de l’acte photographique. Nous avons décidé d’installer un petit studio photographique, un petit stand, au milieu du marché, et d’attendre que les gens s’approchent volontairement pour s’asseoir et se faire photographier.
Pour moi, il était important de ne pas présenter ce geste comme plus ou moins éthique que d’autres façons de photographier, mais plutôt de montrer le processus. Ouvrir une discussion sur ce que signifie photographier l’autre, mais aussi le regarder. Comment regardons-nous l’autre ? À quelle distance ? Depuis quelle position ?
Le projet est davantage une invitation à réfléchir à ces dynamiques qu’une réponse fermée sur l’éthique photographique.
CLA : Et quelle a été la réception du projet dans l’espace public, aussi bien de la part des personnes qui participaient que de celles qui observaient ?
DM : Une partie très importante a été de réfléchir à comment s’inscrire dans la logique de cet espace. Nous avons utilisé une pancarte avec l’inscription « Fotos gratis », réalisée avec des lettres fluorescentes découpées et collées avec du scotch, une esthétique très courante à El Alto et à La Paz : on la voit dans les transports en commun, les restaurants, les stands ambulants.
J’utilisais aussi un mégaphone avec ma voix en boucle disant : « Photos gratuites, aujourd’hui seulement. » Il était important de s’adapter au chaos visuel et sonore du marché.
Mais le plus important était l’imprimante portable. Pas n’importe laquelle : celle que les gens reconnaissent immédiatement, car c’est celle qu’utilisent les photographes professionnels lors de mariages, de fêtes populaires ou de remises de diplômes. Cela leur permettait de comprendre que j’étais photographe. Ce qui les surprenait, c’était la gratuité.
Au début, il y avait beaucoup de méfiance : les gens pensaient que c’était un mensonge. Mais lorsqu’ils voyaient d’autres personnes repartir avec leurs photos imprimées, un effet boule de neige se produisait. De plus en plus de gens arrivaient et il se créait une sorte de spectacle.
Le plus beau fut le jeu de regards qui s’instaurait : moi regardant le sujet, les spectateurs regardant le sujet, le sujet regardant sa propre image s’imprimer. Tout cet aller-retour de regards est central dans le projet, et se voit tout particulièrement dans la pièce vidéo qui accompagne l’œuvre, intitulée Mirar. Pour moi, tout se résume à ce geste fondamental.
CLA : Dans la série, il y a un fond illustré qui devient une constante. Pourquoi as-tu choisi de travailler avec ce tissu de fond ?
DM : Le projet rend hommage à la photographie ambulante, à ces photographes qui travaillaient sur des places, dans des foires ou des marchés en prenant des photos d’identité. Dans différents endroits d’Amérique latine, on les appelait minuteros ou photographes ambulants.
Historiquement, ces photographes utilisaient des fonds peints à la main, des fonds qui nous transportaient vers d’autres lieux, souvent idéalisés. Je cherchais une image qui soit reconnaissable pour tous et qui suscite de la fierté chez ceux qui s’asseyaient face à l’appareil.
J’ai choisi la montagne Illimani, la plus emblématique de La Paz. Elle est présente dans les noms de taxis, de restaurants, de publicités, de vêtements. J’ai demandé à une amie, l’artiste Kate Araoz, de la peindre à la main, de façon simple, pour conserver ce côté artisanal.
De plus, la montagne est toujours là. Il y a un poème de Jaime Sáenz qui dit : « La montagne n’est pas quelque chose que l’on regarde, la montagne est une présence. » Cela m’intéresse beaucoup. Dans les cosmovisions locales, la montagne est l’Apu, les ancêtres, elle est liée à la Pachamama. Elle a un poids symbolique énorme.
CLA : Tu as beaucoup parlé de l’importance du processus. Comment cela a-t-il influencé la forme finale du projet et de l’exposition ?
DM : Lorsque j’ai exposé le projet pour la première fois à Arles, j’ai voulu montrer le processus photographique. L’exposition comportait trois parties : une série de 19 portraits de format modeste, une vidéo-installation en double projection montrant les coulisses, et une troisième section avec des vitrines présentant les planches contact.
Cela permettait de montrer l’ordre dans lequel les personnes s’étaient assises, combien de photos je prenais par personne, le flux de corps qui passaient par le stand. Je ne voulais pas mettre en avant l’image finale comme quelque chose d’autonome ou d’esthétisant.
Le projet ne repose pas sur une image unique, mais sur l’ensemble des matériaux qui révèlent le processus. C’est là, selon moi, que réside sa force.
CLA : Comment a été l’expérience de faire circuler le projet à Arles, face à un nouveau public ?
DM : Montrer un travail pour la première fois t’oblige toujours à apprendre depuis le regard du public. Ce qui a été présenté à Arles n’était qu’une première itération, que j’aimerais développer à l’avenir.
Pour moi, il est fondamental que ce projet puisse être montré en Bolivie, et plus particulièrement à El Alto, pour restituer ces images à leur lieu d’origine. C’est un sujet délicat : produire des images dans le Sud et les faire circuler dans le Nord implique une réflexion profonde.
Je m’intéresse aussi à la vie que prennent les images. On peut expliquer qu’une photo sera exposée ou publiée, mais on ne sait pas vraiment quel destin elle aura. Dans ce projet, je me demandais aussi ce qu’il advenait des photos imprimées que les gens emportaient : si elles finissaient oubliées dans un tiroir, sur un autel, entre les pages d’un livre.
Il y a peu, lors d’un voyage en Bolivie, je suis tombé par hasard sur un participant du projet au même endroit où j’avais installé mon stand. Il m’a dit que la photo avait été gardée par son fils. Ce genre de rencontres donne une autre dimension au travail.
CLA : Définirais-tu ce projet comme collaboratif ?
DM : C’est un terme complexe. Il y a beaucoup de discussions autour de la collaboration et de la participation en photographie. J’essaie d’utiliser ces mots avec soin.
Mon intention n’est pas de dire que mon processus est plus collaboratif ou plus éthique que d’autres, mais d’ouvrir un espace de réflexion sur les dynamiques de pouvoir dans le portrait photographique, en particulier dans des contextes de fracture socio-économique et raciale.
Je m’intéresse à penser la photographie comme une rencontre. Comme le dit Ariella Azoulay, toute photographie est, par définition, participative : elle n’existe pas seulement par le déclic du photographe, mais par la présence de multiples acteurs dans ce moment.
CLA : L’exposition du Prix Louis Roederer à Arles réunissait plusieurs photographes latino-américains, sous la direction de César González-Aguirre. Comment a été cette expérience d’exposer collectivement ?
DM : J’ai eu le sentiment que tous les artistes abordaient leurs projets depuis une position très incarnée, très sincère. Je crois que c’était ce qui nous unissait : une honnêteté dans la façon de nous situer face à nos sujets.
Ce fut un honneur de faire partie d’une édition avec autant d’artistes de la même région. Et la représentation de corps autochtones au sein de l’exposition fut également très importante, aussi bien dans mon travail que dans celui de Musuk Nolte ou d’Octavio Aguilar.
Cela créait des dialogues intéressants, car il y a une différence entre l’identité latino-américaine en général et la représentation de corps autochtones, elle-même traversée par des questions de genre. Je crois que ces croisements enrichissaient beaucoup l’ensemble.
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