Daniel Mebarek : proceso e interacción en el proyecto «Foto Gratis»

Canela Laude Arce
14/03/2026


Daniel Mebarek es un fotógrafo boliviano-argelino, radicado en Paris. En esta entrevista, Mebarek comparte con Lupita su proceso fotográfico alrededor de la creación, realización y recepción del proyecto Foto Gratis, realizado en la ciudad de El Alto, en Bolivia, y expuesto en la exposición del premio de la fundación Louis Roederer en el festival de fotografía de Arles en 2025.

Canela Laude Arce:
Hola Daniel! Para empezar, podrías presentarte y presentar tu trabajo?

Daniel Mebarek:
Me llamo Daniel Mebarek, soy un artista boliviano y argelino, y vivo en Francia desde hace más de una década. Crecí en la ciudad de La Paz y tengo una formación en ciencias sociales, en antropología e historia, que ha influido mucho en mi trabajo artístico y en la manera en que reflexiono mis proyectos.

Trabajo principalmente con la imagen, tanto imagen fija como imagen en movimiento.

CLA: ¿Cuál fue el punto de partida del proyecto Fotos Gratis? ¿Cómo empezó para ti?

DM: El punto de partida fue mi fascinación por un espacio muy particular: la Feria 16 de Julio, en la ciudad de El Alto, a más de cuatro mil metros de altura. El Alto es una ciudad donde la mayor parte de la población se identifica como aymara. El Alto entra en un contraste muy fuerte con La Paz, que es una ciudad de herencia colonial.

La Feria 16 de Julio es un mercado popular que se instala todos los jueves y domingos. Es un organismo vivo, caótico, donde se venden todo tipo de objetos: animales, partes de autos, ropa, cachivaches. Yo llevaba mucho tiempo yendo a ese espacio, paseando, observando, tratando de entenderlo.

El proyecto nace de una pregunta muy concreta: ¿cómo me posiciono yo, como fotógrafo, frente a este lugar? Yo soy de La Paz, pero no soy de El Alto. ¿Cómo documentar ese espacio? ¿Desde qué lugar hacerlo?

En diálogo con amigues de un colectivo de artistas y activistas llamado El Alto Aesthetics, surgió la idea de repensar las dinámicas del acto fotográfico. Decidimos instalar un pequeño estudio fotográfico, un puestito, en medio del mercado, y esperar a que la gente se acercara voluntariamente a sentarse y ser fotografiada.

Para mí era importante no plantear este gesto como más o menos ético que otros modos de fotografiar, sino mostrar el proceso. Abrir una discusión sobre lo que significa fotografiar al otro, pero también mirarlo. ¿Cómo miramos al otro? ¿Desde qué distancia? ¿Desde qué posición?

El proyecto es más una invitación a pensar esas dinámicas que una respuesta cerrada sobre ética fotográfica.

CLA: ¿Y cómo fue la recepción del proyecto en el espacio público, tanto de las personas que participaban como de quienes observaban?

DM: Una parte muy importante fue pensar cómo entrar en la lógica de ese espacio. Usamos un letrero que decía “FOTOS GRATIS”, hecho con letras fluorescentes recortadas y pegadas con cinta, una estética muy común en El Alto y La Paz: se ve en el transporte público, en restaurantes, en puestos ambulantes.

También usaba un megáfono con mi voz en bucle diciendo: “Fotografías gratis, solo por hoy”. Era importante adaptarse al caos visual y sonoro del mercado.

Pero lo más importante fue la impresora portátil. No cualquier impresora, sino una que la gente reconoce inmediatamente, porque es la que usan los fotógrafos profesionales en bodas, fiestas populares o graduaciones. Eso hacía que entendieran que yo era fotógrafo. Lo que sorprendía era la gratuidad.

Al principio había mucha desconfianza: pensaban que era mentira. Pero cuando veían que otras personas se iban con sus fotos impresas, se producía un efecto dominó. Empezaba a llegar más gente y se armaba una especie de espectáculo.

Lo más lindo fue el juego de miradas que se creaba: yo mirando al sujeto, los espectadores mirando al sujeto, el sujeto mirando su propia imagen al imprimirse. Todo ese entramado de miradas es central en el proyecto, y se ve especialmente en la pieza de video que acompaña la obra, titulada Mirar. Para mí, todo se reduce a ese gesto fundamental.

CLA: En la serie hay un fondo ilustrado que se vuelve una constante. ¿Por qué elegiste trabajar con esa tela de fondo?

DM: El proyecto rinde homenaje a la fotografía ambulante, a esos fotógrafos que trabajaban en plazas, ferias o mercados tomando fotos de identidad. En distintos lugares de Latinoamérica se los conocía como minuteros o fotógrafos ambulantes.

Históricamente, esos fotógrafos usaban fondos pintados a mano, fondos que nos llevaban a otros lugares, muchas veces idealizados. Yo buscaba una imagen que fuera reconocible para todos y que generara orgullo en quienes se sentaban frente a la cámara.

Elegí la montaña Illimani, que es la más icónica de La Paz. Está presente en nombres de taxis, restaurantes, publicidades, ropa. Le pedí a una amiga, la artista Kate Araoz, que la pintara a mano, de manera simple, para conservar ese lado artesanal.

Además, la montaña está siempre ahí. Hay un poema de Jaime Sáenz que dice: “La montaña no es algo que se mira, la montaña es una presencia”. Eso me interesa mucho. En las cosmovisiones locales, la montaña es el Apu, los abuelos, está ligada a la Pachamama. Tiene un peso simbólico enorme.

CLA: Hablaste mucho de la importancia del proceso. ¿Cómo influyó eso en la forma final del proyecto y de la exposición?

DM: Cuando expuse el proyecto por primera vez en Arles, quise mostrar el proceso fotográfico. La exposición tenía tres partes: una serie de 19 retratos de formato modesto, una videoinstalación de doble proyección que mostraba el backstage, y una tercera sección con vitrinas donde se veían las hojas de contacto.

Eso permitía mostrar el orden en que las personas se sentaron, cuántas fotos tomaba por persona, el flujo de cuerpos que pasaban por el puesto. No quería enfatizar la imagen final como algo autónomo o estetizante.

El proyecto no se sostiene en una imagen única, sino en todos los materiales que revelan el proceso. Para mí, ahí reside su fuerza.

CLA: ¿Cómo fue la experiencia de hacer circular el proyecto en Arles, frente a un nuevo público?

DM: Mostrar un trabajo por primera vez siempre te obliga a aprender desde la mirada del público. Lo que se presentó en Arles fue solo una primera iteración, que me gustaría expandir en el futuro.

Para mí es fundamental que este proyecto pueda mostrarse en Bolivia, y específicamente en El Alto, para devolver esas imágenes a su lugar de origen. Es un tema delicado: producir imágenes en el sur y hacerlas circular en el norte implica una reflexión profunda.

También me interesa pensar en la vida que cobran las imágenes. Uno puede explicar que una foto será expuesta o publicada, pero no sabe realmente qué destino tendrá. En este proyecto también me preguntaba qué pasaba con las fotos impresas que la gente se llevaba: si terminaban olvidadas en un cajón, en un altar, entre las páginas de un libro.

Hace poco, en un viaje a Bolivia, me encontré de casualidad con un participante del proyecto en el mismo lugar donde había instalado el puesto. Me contó que la foto la había guardado su hijo. Ese tipo de encuentros le dan otra dimensión al trabajo.

CLA: ¿Definirías este proyecto como colaborativo?

DM: Es un término complejo. Hay muchas discusiones alrededor de la colaboración y la participación en fotografía. Trato de usar esas palabras con cuidado.

Mi intención no es decir que mi proceso sea más colaborativo o más ético que otros, sino abrir un espacio de reflexión sobre las dinámicas de poder en el retrato fotográfico, especialmente en contextos de fractura socioeconómica y racial.

Me interesa pensar la fotografía como un encuentro. Como dice Ariella Azoulay, toda fotografía es, por definición, colaborativa: no existe solo por el clic del fotógrafo, sino por la presencia de múltiples actores en ese momento.

CLA: La exposición del Premio Descubrimientos Louis Roederer en Arles reunió a varios fotógrafos latinoamericanos, bajo la curadoría de César González-Aguirre. ¿Cómo fue esa experiencia de exponer en colectivo?

DM: Sentí que todos los artistas abordábamos nuestros proyectos desde una posición muy encarnada, muy sincera. Creo que eso era lo que nos unía: una honestidad en la manera de situarnos frente a nuestros temas.

Fue un honor formar parte de una edición con tantos artistas de la misma región. Y fue muy importante también cuestionar la representación de cuerpos indígenas dentro de la exposición.

Eso generaba diálogos interesantes, porque una cosa es la identidad latinoamericana en general y otra es la representación de cuerpos indígenas, atravesada además por cuestiones de género. Creo que esos cruces enriquecían mucho el conjunto.

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