Pantallas y pastillas

Imagen ornamental hecha en Lupita, sin relación directa con el evento

Pantallas y Pastillas es un ensayo en formato exposición o una exposición en formato libro expandido que cuenta con cubierta, prólogo, índice, capítulos, notas a pie de página, epílogo y contraportada. La exposición es un homenaje a la novela de Ray Bradbury Fahrenheit 451 (1953), publicada por primera vez en tres entregas en los números de marzo, abril y mayo de 1954 de la revista Playboy y se propone situar los contenidos del libro en el centro de un debate actual en torno al control en el acceso al conocimiento, la censura, las estrategias de distracción y falsa felicidad, la dependencia de las pantallas y la falta de sentido crítico.

Fahrenheit 451 es una novela distópica que presenta una sociedad futura en la que los libros están prohibidos y existen ‘bomberos’ cuya misión consiste en confiscarlos y quemarlos. La novela ha sido objeto de interpretaciones que aluden a momentos históricos de represión de ideas disidentes. En una entrevista para la radio en 1956, Bradbury afirmó que cuando escribió la novela una de sus máximas preocupaciones era el clima de caza de brujas de la era McCarthy. En años posteriores, completó esta lectura con la alusión a cómo los medios de comunicación reducen el interés por la literatura y el espíritu crítico. En 1966, François Truffaut rodó su única película en inglés, a partir del relato de Bradbury. Protagonizada por Oskar Werner, Julie Christie y Ciryl Cusack, la película se ambienta en un futuro tecnológico y retro, hipnotizado por las pantallas y las pastillas y en el que pensar y disentir es peligroso.

Pantallas y Pastillas se inicia con citas extraídas del libro de Bradbury, así como la pieza de Andreas M. Kaufmann (Zúrich, 1961), Projector’s Dance (1998). La imagen proyectada, en el extremo izquierdo del muro sirve de paginación del espacio. Los números de Kaufmann (del 81 al 1), paginan y a la vez se proyectan, implican un potencial utópico, una página en blanco que se abre a ilimitadas posibilidades.

El primer capítulo de la exposición tiene que ver con el control, la censura, la limitación del acceso a la información, la decisión sobre “qué se debe leer” y “qué no”, “qué se debe pensar” y “cómo se debe pensar”. La prohibición de libros es un continuo a lo largo de la historia, desde la Ilustración Francesa, hasta prácticamente todas las dictaduras. La quema de libros es una forma de censura que los líderes políticos o religiosos aplican contra aquellos que se oponen a sus ideas. En este apartado, la exposición se centra en trabajos artísticos que recogen diversos intentos, a lo largo de la historia, de control del conocimiento, de prohibición de libros, destrucción y quema. En Lista de libros quemados en Alemania en 1933 (2018), Miquel García (Barcelona, 1975) recupera la relación de los libros que fueron quemados integrada por autores judíos, marxistas, pacifistas, opositores al régimen o simplemente no bien vistos por el mismo. Miquel García imprime el listado con tinta negra termo-sensible que sólo permite ver lo que está escrito aplicándole calor. El fuego que los destruyó es el que permite ahora volverlos a recordar. Gonzalo Elvira (Patagonia, Argentina, 1971) conoce bien la censura y la quema de libros, un gesto totalitario que se repite en diversas geografías y momentos históricos. Durante los años de dictadura en Argentina (1976-1983), existían libros prohibidos (a menudo de pequeñas editoriales más o menos combativas) y quema de libros. Gonzalo Elvira reproduce las imágenes de la quema de libros, así como portadas de los libros censurados utilizando unos procedimientos habituales en él: punteándolos pacientemente con una pluma reproduce a la perfección las imágenes de los mismos, en un gesto que convierte en “imborrable” (tomando el título de un libro de Juan José Saer) lo que otros creyeron que podían borrar y eliminar totalmente con fuego.

En Biblioteca II (2002), Ignasi Aballí (Barcelona, 1958) muestra/no muestra libros cubiertos con un plástico que los protege, al tiempo que los inutiliza y remite a la función y las transformaciones de las bibliotecas en una sociedad que consume cada vez más imágenes y productos digitales. Chema Alvargonzález (Jerez de la Frontera, 1960 – Berlín, 2009) siempre tuvo muy presente el trabajo a partir de la memoria. Almacenado en el recuerdo (2002) muestra dos maletas con fotografías de diversos objetos del mercado antiguo de Sant Antoni. La acumulación de libros, videos y objetos variopintos que ya nadie aprecia, no son censurados ni perseguidos, pero sí relegados al olvido.

El capítulo central de Pantallas y Pastillas está dedicado a Ray Bradbury. El facsímil de los números de la revista Playboy en la que fue publicado por primera vez con ilustraciones de Ben Denison, se presenta acompañado de obras de artistas que han trabajado a partir de dicho relato. En Fahrenheit 451 (2008), Dora García (Valladolid, 1965) reedita 2000 ejemplares de la edición de 1967 de la novela de Bradbury y los apila encima de una mesa. Los libros han sido impresos al revés y de atrás hacia delante enfatizando su ilegibilidad.

Tim Youd (Massachusetts, EUA, 1967) realiza una performance en la cual reescribe pacientemente el libro de Bradbury con su máquina de escribir, sobreponiendo las letras en una sola página para, a continuación, quemar la transcripción y registrar el acto con su teléfono móvil. Francesc Ruiz (Barcelona, 1971) recrea y reinventa el cómic (la única posibilidad de publicación en el mundo que plantea Bradbury) que en el film de Truffaut sólo aparece en tres ocasiones de manera fragmentaria. Fahrenheit 451’s Comic (2016), versión Ruiz, consiste en ocho páginas de ilustraciones a color en las que el artista copia las partes del cómic visibles en la película y también reconstruye y reinventa la historia, imaginándose y dibujando las partes que no aparecen en el film.

Muntadas (Barcelona, 1942) presenta en On translation: Pills (2014), las pastillas como traducción (no literal) de conceptos y valores culturales. Traducción lingüística, cultural, y también traducción instantánea y aséptica para responder a la urgencia de resolver un conflicto, un malentendido, un conocimiento que precisa de intercambio y de negociación en un mundo en el que el espíritu crítico y todo lo que conlleva de no estandarización y de imprevisto no son aceptados, en el que un problema requiere una solución limpia e instantánea que no deje rastro, como apretar un botón o tragarse una pastilla.

Fahrenheit 451 puede parecer una novela distópica pero su final no lo es, sino que hay un rayo de esperanza, que viene de la resistencia. En S’amagaven darrera dels arbres (2016), Anna Dot (Vic, 1991) ideó una intervención específica para la Ruta Walter Benjamin, evocando los procesos de censura literaria de las traducciones de obras de Walter Benjamin y Hannah Arendt durante el franquismo. Rehaciendo el camino de Benjamin en su huida hacia Portbou, una serie de personas evocaron a los book people de la novela de Bradbury e iban citando fragmentos de las obras censuradas además por la traducción. En Pantallas y Pastillas, S’amagaven darrera dels arbres se recupera en su registro oral.

En Otra versión de “Los Persas” de Esquilo (2017), Marcos Ávila-Forero (París, 1983) crea un megáfono de grandes dimensiones, fabricado con madera de nogal que funciona tanto como amplificador de la voz como embarcación capaz de navegar. En la exposición Pantallas y Pastillas, la pieza funciona como un megáfono, que puede ser activado en cualquier momento, para denunciar, para criticar, para rebelarse o para hacerse oír.

Pantallas y Pastillas cuenta con un catálogo, publicado por la editorial Los Cinco Delfines y con un diseño a cargo de Alex Gifreu. De la misma manera que en la película de François Truffaut los títulos de crédito iniciales no aparecen escritos, sino que son recitados por una voz en off, el catálogo de Pantallas y Pastillas nunca llegó a ser impreso, sino encarnado en el artista Enric Farrés Duran (Barcelona, 1983) que, asumiendo la figura de persona-libro, se convierte en su distribuidor y transmisor, en la voz y la memoria cuya misión es transmitir los contenidos de la publicación que únicamente ha sido vista por su diseñador, Alex Gifreu. El trabajo Para saber encontrar, primero hay que saber esconder (2018) de Enric Farrés Duran, toma su título de un momento de la película en la que los bomberos asisten a una actividad de formación, que les muestra los lugares más inesperados en los que pueden encontrar los libros para poder desarrollar su función de bomberos. Lugares recónditos que, más tarde, serán los escondrijos que el propio Montag utilizará para esconder los libros que ha empezado a leer y con ello a cuestionarse su pasado y el sistema en el que está inmerso.

El epílogo de la exposición viene representado por el club de lectura ENCARNA, dirigido por Aimar Pérez Galí y Mar Medina. ENCARNA es una comunidad que no sólo lee desde el intelecto, sino que lo hace también a través del cuerpo, que “encarna” las palabras y los conceptos, las situaciones, se mueve y se contorsiona, se relaja y se tensiona, activa, vive y revive las palabras escritas por Ray Bradbury.

Y en la contraportada de la exposición, aparece de nuevo el relato que Ray Bradbury escribió en 1953, publicado en el año 2017 por el Charles Nypels Lab de la Jan Van Eyck Academie de Maastricht y diseñado por el colectivo de diseño gráfico francés Super Terrain. Esta versión del libro, impresa con tinta termo-sensible, no permite ver las palabras escritas hasta que se acerca una fuente de calor, esto es, fuego. El fuego con el que Montag quemaba libros se convierte ahora en el fuego que permite leerlos.

Comunicado de prensa. Versión original en español