Cerrar un museo de arte contemporáneo

Guillermo Vargas Quisoboni
04/01/2019

El domingo 6 de enero de 2019 concluyó en Berlín la gran retrospectiva de la artista colombiana Beatriz Gonzalez, tras una itinerancia que inició en noviembre de 2017 en el Museo de arte contemporáneo de Burdeos, en el marco del año Francia-Colombia. La exposición se trasladó posteriormente hacia el Palacio de Velázquez, una de las dos salas de exposiciones temporales del Museo y Centro de arte Reina Sofía situadas en el parque del Retiro de la ciudad de Madrid, donde estuvo abierta al público entre marzo y septiembre de 2018. El periplo de la exposición acaba de concluir en el KW Instituto de arte contemporáneo de Berlín, donde se expuso desde octubre de 2018. Un recorrido por tres instituciones y tres países que recibió el apoyo de coleccionistas y organismos públicos y privados de Colombia, Francia, España y Alemania.

La curaduría de la retrospectiva ha sido liderada por María Inés Rodríguez desde su posición de directora del Centro de Arte Contemporáneo de Burdeos, una institución que podría desaparecer durante el transcurso del año que comienza. En un principio, parecía que la labor prestada por Rodríguez al frente del museo había generado un conflicto que justificaba su salida de la institución a finales de 2018, esto es, cuatro años antes de lo pactado. La noticia generó controversia en el campo del arte. Varias personalidades firmaron una carta pública destacando la labor de Rodríguez y cuestionando la incidencia de la administración pública de Burdeos en los asuntos del museo. Para calmar los ánimos, la alcaldía organizó una rueda de prensa en marzo de 2018, en la que el responsable de cultura precisó los motivos oficiales de la salida de Rodríguez. En realidad, era la existencia misma del CAPC lo que se había puesto en duda, dada la «insuficiencia» de entradas de público para justificar su supervivencia. A ello se ha sumado la próxima apertura de dos nuevos museos en la ciudad, prevista para el año 2019: un museo sobre la historia de la navegación marítima y otro sobre la innovación económica. Aunque ninguno de los dos nuevos museos temáticos es de arte contemporáneo, este podría ser el argumento definitivo para cerrar el CAPC. Detrás de esto se percibe la creencia de que un museo es un museo, sea cual sea su contenido, lo que en últimas revela uno de los males más comunes del sector cultural: la proverbial ambigüedad de la palabra cultura desde el punto de vista de la burocracia. Y como prueba: en la misma rueda de prensa, la alcaldía anunció que el edificio del CAPC podría ser convertido en una gran vitrina turística para la ciudad. Hay en esa relación conmutativa entre cultura y turismo un ejemplo elocuente de la «filosofía» universal del sector cultural, que hace parecer muy lógico que un proyecto artístico pueda ser reemplazado por un proyecto turístico. Hay otros casos aberrantes, como en Cali y en Bogotá, donde muchas de las salas de cine históricas, con arquitecturas excepcionales, han sido poco a poco convertidas en discotecas, salas de cine porno o iglesias pentecostales, que son también actividades «culturales», para el bien del cuerpo y del espíritu, pero que revelan ante todo la falta de discernimiento en el sector cultural, que asume como idénticas cosas que son realmente muy distintas.  

Vistas de la exposición Beatriz Gonzalez Retrospectiva 1965–2017. Gentileza CAPC Bordeaux

La crítica de arte y activista queer Elisabeth Leibovici no parece estar muy convencida de las explicaciones oficiales y opina en su blog personal que el origen de la decisión refleja una práctica muy extendida en el sector cultural francés, donde se ha vuelto común atacar a las mujeres que dirigen instituciones culturales de prestigio. En su blog Leibovici destaca la labor de Rodríguez y recuerda la historia del CAPC, evoca sus tiempos de esplendor, desde su creación en los años noventa de la mano de Jean-Louis Froment, hasta la crisis surgida en el año 2000 tras la exposición «Présumés innocents. L’art contemporain et l’enfance», curada por el entonces director del CAPC, Henry-Claude Cousseau, junto con Marie-Laure Bernadac y Stéphanie Moisdon-Trembley. Los tres curadores de la exposición debieron afrontar un proceso judicial de varios años, acusados de incitar a la pornografía infantil. Aunque fueron exculpados, este proceso puso a la institución en la mira de la extrema derecha, y marcó según Leibovici un punto de quiebre en la relación de la institución con la ciudad. Desde ese momento las críticas se volvieron tóxicas.

A diferencia de sus colegas, María Inés Rodríguez no ha hecho declaraciones públicas respecto de su salida abrupta de la institución, ni sobre el destino que le depara al edificio si se decide cerrar el museo. Su silencio es una obligación profesional. A falta de sus declaraciones, podemos citar algunas reflexiones suyas sobre la relación entre arte y política que aparecen en un diálogo entre Rodríguez y González publicado en el catálogo de la exposición. Ya en los años 90, ambas discutían sobre la incorporación de figuras políticas en las obras de la artista colombiana, especialmente en el caso de su representación de la toma de posesión del ex-presidente colombiano Julio César Turbay Ayala, a finales de los 70. En ese entonces, Rodríguez afirmaba: «hablar de política en el arte es difícil, hasta puede llegar a ser una limitación». A lo que González respondió evocando los casos opuestos de Goya y del muralismo mexicano, el primero como ejemplo de cómo un artista puede inscribir su trabajo artístico en un contexto político, y el segundo para evocar el riesgo de caer en el adoctrinamiento. Tanto Rodríguez como González se referían a la dificultad de hablar de política en el campo de la pintura, pero hay que pensar en esta dificultad en el campo de las instituciones culturales, que es precisamente el terreno en el que se mueven los curadores de arte. Aunque hay algunos países en los que las instituciones parecieran estar mejor protegidas, la ausencia de crítica institucional puede resultar inquietante. Es especialmente en estos casos en los que se revela con más claridad la existencia de una dificultad real de «hablar de política», una dificultad que, no sobra decirlo, definitivamente no es específica al campo del arte, y que revela la esencia misma del poder. El poder existe en todas partes. Aunque su presencia no pasa nunca inadvertida, el poder siempre está rodeado de silencio y sobrevive oculto entre las sombras.

La exposición itinerante de Beatriz González es un reconocimiento internacional muy importante a la trayectoria de una artista latinoamericana. Hace algunos años, durante su residencia en París, el pintor Luis Caballero le escribía a González que la admiraba por ser la «única persona en Colombia que ha sido capaz de hacer pintura colombiana. No que sea indispensable ‘pintar colombiano’, pero cuántos no se han roto la cabeza en el intento». Caballero concluía su carta en estos términos: «Usted es la única gran pintora colombiana. Usted nunca será apreciada en el exterior —a no ser que degenere como Botero, o que un día (lejano, muy lejano) los eruditos del mundo se interesen en Colombia y descubran su pintura.» El mejor de los pronósticos de Caballero se cumplió, pues llegó ese día lejano en el que la obra de Gonzalez fue apreciada en el exterior, sin haberse degenerado. 

Beatriz González, Toilette Madame Vigée Le Brun et sa fille, 1973
Courtesy Beatriz González, Foto/photo: Axel Schneider

Bibliografía citada

  • Caballero Luis, ¡Pobre de mí, no soy sino un triste pintor! Cartas de Luis Caballero a Beatriz González, Bogotá, Universidad de Bogotá Jorge Tadeo Lozano, 2014, 190 p.
  • González Beatriz, Acaso María, Deas Malcolm et Groys Boris, Beatriz González, 1965-2017, Bordeaux, CAPC Musée d’Art Contemporain, 2017, 242 p.

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